
Frank Robbins es indudablemente uno de los grandes artistas que ha dado el medio. Aunque su estilo está incuestionablemente relacionado con el de Caniff, su interpretación del mismo es personal y en muchos aspectos original.
En su serie bandera, ‘Johnny Hazard’, cabe reseñar la frescura de sus planteamientos, así como la amable interpretación de lo que podemos llamar el ‘escenario’ de aventuras. Los diálogos son vivaces e irónicos, sus personajes secundarios simpáticos y coloridos y el tratamiento narrativo ‘cinematográfico’, impecable.
Robbins consigue a través de las aventuras de ‘su’ incansable piloto llevarnos por todo el mundo con tramas que se mueven de los fantástico a lo político (la ‘guerra fria’ se encuentra ampliamente representada en la serie), resultando siempre entretenido en sus relatos.
Cuando la K.F.S. estableció contacto con Robbins (por mediación de una carta de Bradley Kelly), fue para que continuase con la serie de Agente Secreto X-9 del FBI. Robbins se negó amablemente diciendo que llevaba cinco años de trabajo con la serie de otro (Scorchy), como para retomar su carrera en ese punto. Sin embargo al cabo de unos meses y dado el interés que parecía tener la empresa por su trabajo, presentó un proyecto de serie propia que fue inicialmente aceptada, a expensas de algunos retoques.
Tras seis meses de ‘tiras’ y ‘aflojas’ con Joe Conolly (ya hablamos de él en la entrada de Raymond), la tira diaria alzaría el vuelo en 5 de junio de 1944, y nunca mejor dicho, pues nuestro protagonista inicia su andadura evadiéndose en avión de un campo de concentración nazi.
Johnny se vió acompañado en sus andanzas con una notable colección de ‘tigresas’ (Brandy, Liz Manning, Baroness Flame…) que comparten sus aventuras a lo largo y ancho del planeta, pero por las cuales nuestro protagonista no parece muy propenso a establecer relaciones duraderas.
Seis meses de iniciada la serie en sus ‘dailies’, William Randolph Hearts (gran magnate de la prensa norteamericana) solicitó una dominical del protagonista y la King se la concedió encantada.
En su confección, Frank Robbins estableció continuidad narrativa y parecía encontrarse especialmente cómodo en su desarrollo, incorporando elementos fantásticos a partir, eso sí, de una solida y amplia base documental. Según el mismo nos cuenta: ‘…había leído mucho (aventura, ciencia ficción y toda serie de relatos asombrosos) y al parecer lo dramático no se me daba del todo mal’.

Punto y aparte merece el tratamiento de aviones y la impecable documentación sobre todo tipo de vehículos y aparatos técnicos. Tratamiento especialmente útil en la fase central de la tira, dado que los argumentos giraría en los años 60 a una tonalidad más cercana a la de los agentes secretos tipo James Bond.
La serie terminaría en sus dominicales el 14 de agosto de 1978 y en sus dailies el 20 de agosto del mismo año. Treinta y tres años de una obra excelente.
La aventura que presentamos pertenece a las dominicales del año 1957, y en ellas Robbins está empezando a evolucionar hacia lo que sería el nivel más alto de su trabajo en la serie.
Charles Caum






























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