21/4/11

DON MARTIN: UN ARTISTA INCOMPRENDIDO


Introducción.

El mundo del cómic es tan justo e injusto como el mundo en general. En él se dan casos de autores de talento que no tienen éxito y viceversa. Pero, en ocasiones, un artista no es reconocido por su autentica valía, sino por un trabajo accesorio.
Hoy hablaremos de Don Martin, una artista extraordinario que se tuvo que ganar algunos centavos en la revista MAD, pero que apuntaba a lo más excelso del firmamento creativo. Su cruel destino (y un poco de pereza personal) no le permitiría realizar la obra insigne para la que estaba llamado.

Sus propios compañeros de MAD Magazine le consideraron a lo largo de 31 años la luz que iluminaba su sendero de la clarividencia humorística. Se trata de un personaje de características inimitables que empezó por lo políticamente incorrecto y termino por lo incorrecto políticamente. 

Don Martin  (1931-2000) practicaba el humor gráfico, pero no le prestaba demasiada atención, quizás, por estar muy por debajo de la exigencia de su listón artístico. Un fenómeno de sus características aspiraba a cruzar todas las barreras, aspiraba en definitiva al Parnaso pictórico.
      

A todos les parecía fácil su forma de trabajar, pero nadie sabía imitarle. Entre sus máximo logros figura la onomatopeya del hundimiento de un edificio (“¡¡FAGROOOOOM!!”). que fue utilizada en el 2008 por muchos medios periodísticos anglosajones en relación a la crisis financiera y que visto como se vuelven a repartir nuestra pasta (por muy diversos medios), volverá a ser utilizado muy pronto.


Para la historia quedan sintagmas y exclamaciones inolvidables como: KACHUNKA-KACHUNK”, “TIKKA-TIKKA-TIKKA”, “SPLISHIDY-SPLASH” etc...


Era capaz tanto de dibujar personajes ligeramente grotescos como formas atractivas e incluso voluptuosas, aunque en estas últimas no se detuvo demasiado, a pesar de su facilidad intrínseca para representar mujeres bellísimas.


Sus personajes adoptan posturas siempre contenidas, huyendo de la estridencia y con características un poco mayestáticas. Su trabajo menos profundo hizo reflexionar a varias generaciones de norteamericanos y foráneos.


(...y aunque siguen reflexionando,  no ha quedado todavía muy claro las consecuencias de esa reflexión.)



Le gustaba acompañar a sus compañeros de MAD en todo tipo de festejos y viajes a cualquier parte del mundo (Cuba, Tahití, Praga) , cuando podría haber ido solo, sin ningún tipo de esfuerzo.


Pero en el trato directo y personal, Don era arrebatador. Su humor corrosivo formaba parte de su conversación, pero no se abría fácilmente y algunos recién llegados a su vida se sentían un poco defraudados de que no fuera el vivo retrato de la obra que realizaba.


Hay que decir también, que algunos que le conocieron le veían un poco retraído, lo que es normal en los genios de su categoría. Pero, desde luego ayudaba a todo el que se cruzaba en su camino y era considerado una especie de hada madrina en el mundo del cómic norteamericano.


Amante de la literatura epistolar escribía hermosas cartas desde los sitios más insospechados, manteniendo muy buena relación con casi todo el mundo, menos con los que le caían mal (como hace casi todo hijo de vecino).


Esta sencilla semblanza humana sirve para dar paso a lo que realmente importa, que no es otra cosas que su valía artística. Nos introducimos ahora en la obra del que es sin duda uno de los artistas más importantes del s. XX (sin exagerar).


La valía pictórica de Don Martin (sus aportaciones) 
Don descubrió la pintura tarde y fue por motivos profesionales. MAD realizaba extras que requerían una temática única, por lo que todos sus dibujantes debían de emplearse en ellas.
    

Aunque había practicado el retratismo (vean un ejemplo del que hizo a un grupo musical ingles de cierto exito en la época), su naturaleza no le permitía hacer las cosas superficialmente y no fue hasta sentirse perfectamente forjado en las diversas técnicas necesarias (anatomia, perspectiva, cromatismo), que se introdujo en lo que sería su más grande obra: la interpretación de otros artistas(cosa que ya había hecho Picasso).


Realizó una muy notable versión de la obra de un pintor sudamericano (un tal Botero, como el de las cuevas), dando buena medida de su capacidad de adoptar un tema ajeno y llevarlo a su propio terreno aportándole todo tipo de enriquecimientos cromáticos.



Ya seguro de sus propios medios, afrontó la adaptación de una obra flamenca (flamenca de Holanda). La codicia con la que un tal Rembrand reflejó a sus retratados, paso en manos de Martin en convertirse en sutiles y delicados toques de humanidad entre los integrantes de la cofradía textil.


Ponemos las dos versiones para poder distinguir con claridad la diferente calidad pictórica entre los dos autores y poder apreciar la superioridad en todos los terrenos de la recreación de Don Martin. ¡Qué importa que el autor americano realizara su obra unos pocos años después, si su versión es evidentemente superior!  


Atacó con posterioridad a la madre de un tal Whistler (en sentido figurado). Esta mujer ejerce una atracción notable en infinidad de gente, pues hasta Mr. Bean cuando estuvo en América le dedico un largometraje. Si nos fijamos bien, aunque seria, parece una mujer con clase y atractiva.


Del cuadro de Martin cabe destacar el delicado cruzado de pies, muy superior al del cuadro original del hijo de la Sra. Whistler, en el que apenas esta insinuado. Igualmente el gesto de la Sra. es mucho más profundo desde el punto de vista psicológico, e indica una profunda vida interna en la recreación de Martin. Tocado en esa época por todas las Musas, Don todo lo convertía en belleza pura.


Enfrentó un nuevo reto con un cuadro que había alcanzado una cierta notoriedad en un museo de Chicago y que sale en todas las cajas de bombones y chocolatinas, aunque la verdad no es para tanto, con un título que tampoco aporta gran cosa. ¡Un nuevo éxito en todos los terrenos!


Don en sus reinterpretaciones decidió tocar un tema rural. Escogió entonces un cuadro casi desconocido (al que él daría relumbrón) de una pareja del campo norteamericano, que como todo el mundo sabe es distinto del de aquí. Lo que es agrio en el cuadro original, en manos de Martin se transforma y transfigura, alcanzando niveles de brillantez pocas veces igualado. Don Martin había alcanzado su culminación como artista.


Para que vean la diferencia, hemos incluido la foto de los retratados, difícil de distinguir el parecido porque la mujer iba a la peluquería con mucha frecuencia (aunque a su marido no parecía importarle). Incluso la semejanza con el modelo es muy superior en la obra de Don, aunque fue realizada con posterioridad. 


El peregrinaje del artista recaló en esos momentos en un cuadro de Goya y aquí sí que se cubrió de gloria. Lo que es vulgar y anodino en el cuadro del aragonés, en Don Martin se torna brillantez, control e inteligencia creativa. Por ejemplo, los gatos  denotan una notable mala leche en el cuadro del español, mientras que en el del norteamericano observan con lejanía e indiferencia. Igualmente reseñable es la mirada de inteligencia que Don supo imprimir tanto en los ojos del niño como de la urraca. 


Don decidió en ese momento de máximo esplendor que necesitaba afrontar el reto de un desnudo femenino, tema complicado desde el punto de vista pictórico. Para ello utilizó un cuadro de un tal Boticelli (pintor italiano muy conocido en su país) y le dio otro enfoque y tonalidad. Y aquí es posible que nuestro admirado autor se quedara un poco corto. Si bien el cuadro es de buena factura, quizás se ciñe al modelo italianizante en exceso. En fin, un fallo lo tiene cualquiera. En cualquier caso la calidad técnica queda fuera de toda duda.


Para los curiosos que no conozcan el cuadro mitológico (que suponemos serán la mayoría) en el que se inspiró la obra de Martin, lo incorporamos en esta entrada y nos ha costado bastante encontrarlo.


Rematamos esta sección del articulo con una de sus principales características del autor, convertir en oro todo lo que tocaba (incluidos los cheques de MAD). Como ejemplo ponemos la versión de un cuadro de un famoso militar norteamericano que sale en todos los billetes de a dolar (los mas falsificados del mundo). Curiosamente el cuadro no pudo ser terminado por falta de pago y Martin por respeto a su colega, lo dejo igualmente inacabado (aunque ahorró un poco de espacio). 


                 
Las derivas artísticas (versiones literarias)
Don descubrió llegado un determinado momento que el ámbito de las versiones pictóricas no cubría la potencial panoplia artística de lo que deseaba realizar y todo se le estaba quedando un poco pequeño, así que ni corto ni perezoso, empezó a realizar versiones de los grandes de la literatura universal.
    

Una de las que alcanzó más fama en su época fue esta versión de Robinson Crusoe. Es importante indicar que las dudas del protagonista se ven incrementadas al ver la aparición de la huella en la playa y en ese sentido Martin dotó a su criatura de un aspecto reflexivo notable. El loro (que por cierto ha pedido los colores) parece unirse a los pensamientos e interrogantes de su dueño.


Este había sido un tema muy querido por el autor, que lo había ya utilizado en alguna ocasión que otra. Parece decirnos Don que las apariencias engañan y que no siempre nos vamos a encontrar con lo que esperamos. Así pues, nos aconseja prudencia.


Don no rechazó nunca el compromiso ni el riesgo a la hora de emprender nuevas obras; véanlo sino en esta adaptación de Hamlet. La, quizás, un poco forzada postura del príncipe de Dinamarca y la sorpresa del sepulturero, ayudan a dar profundidad al conjunto. Colabora en romper la tensión dramática que el cráneo sea articulado y con cuerda (manteniéndose en funcionamiento durante la amplia duraciçon del monólogo más famoso en la hisoria del Teatro Universal). ¡Version inolvidable para todo el que la haya visto! 


Esa capacidad innata de asumir riesgos, también puede verse en la versión de algunas leyendas e historias populares que habían calado en el corazón del público. Dando un salto mortal en sus adaptaciones Martin afrontó la compleja relación padre-hijo de Guillermo Tell.

                                                            
Igualmente puso el enfasis en la camaraderia de los alegres compañeros de Robin Hood, en sus habituales paseos matutinos por el bosque. 
             

No tenemos más espacio, pero para los que les haya gustado esta entrada, les recomendamos las obras completas del autor en MAD, que por cierto pesan bastante (3 kg).



Antes de despedirnos enviamos a nuestros visitantes un cordial saludo y les indicamos que lo dicho en esta humorística entrada es verdad solo al 50%, dejando en manos de su inteligente criterio el separar cada una de las partes.

                                           
                     
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31/3/11

GIR/MOEBIUS PASANDO A TINTA…

Si tenéis curiosidad de ver como utiliza el pincel y la plumilla un maestro, no dejéis de visitar esta entrada en 
nuestro blog hermano CHT. CÓMIC/HISTORIETAS/TEBEOS

[JEAN+GIRAUD.jpg]

Seguro que no os defraudará.
                                                                                             

30/3/11

BATTAGLIA Y MAUPASSANT: DOS AMIGOS


LEYENDO CON BATTAGLIA.
DOS AMIGOS, ADAPTACIÓN DE UN CUENTO DE GUY DE MAUPASSANT

Cuando Dino Battaglia (1923-1983) realizó estas adaptaciones sobre los cuentos de guerra de Guy de Maupassant (1850-1893) estaba en una etapa vital en la que había renunciado a obtener respuestas y solo se hacía preguntas. Esas preguntas adoptarían su sitio en las hojas de papel.


Según dice el crítico Jaime Rest: “Quienes opinan que Poe ‘cerró’ el cuento, en su afán de crear una atmósfera de sortilegio y premonición, piensan que Maupassant contribuyó a su ulterior ‘apertura’, mediante una adecuada dosis de realismo.”



Después de una infancia y adolescencia muy apegada a su madre (que sufrió una temprana separación), Maupassant conocería en 1867 a Gustave Flaubert, quien lo tomó bajo su protección (y al que las malas lenguas adjudicaban la paternidad de Guy), además de abrirle la puerta del mundo literario y de presentarle a Iván Turgéniev y Emilio Zola.

El escritor viajó a París tras la derrota francesa en la Guerra Franco-Prusiana de 1870 (donde participó en el ejército) y trabajó como funcionario en varios ministerios hasta que publicó en 1880 su primera gran obra, “Bola de Sebo". Un relato con gran influencia de Flaubert y al que este ponderaría sobremanera.


Autor de multitud de cuentos y relatos (más de 300), sus temas favoritos son los campesinos normandos, los pequeños burgueses, la mediocridad de los funcionarios, la guerra franco prusiana de 1870, las aventuras amorosas o las alucinaciones de la locura: “La Casa Tellier” (1881), “Los cuentos de la becada” (1883), “El Horla” (1887). Sus novelas fueron: “Una vida” (1883), “Bel-Ami” (1885), “Mont-Oriol” (1887), “Pierre y Jean” (1888), “Fuerte como la muerte” (1889) y “Nuestro Corazón” (1890).


Una enfermedad venérea hereditaria que padecía su familia lo llevaría a la locura y a la muerte y a la que muchos achacan la inspiración para algunos de sus relatos. Tendría el éxito y la locura, por partes iguales, pero además viviría la asombrosa experiencia de ver a su doble y escribir a su dictado sin apenas inquietarse.


Guy había vivido la guerra en primera persona, detestaba profundamente lo militar y la vida militar y en eso coincidía al 100% con Battaglia. Así que en ese terreno estaban empatados. 


Todas estas cosas a Dino le atraían inequívocamente, aunque se confesaba miedoso y cerraba los ojos en las películas a la espera de que pasara la escena de tensión y su mujer le resumiera lo acontecido.
Las preguntas en la obra de Maupassant son diáfanas; ¿Por qué prusiano, por qué francés? ¿Por qué los hombres se matan con peor saña que las peores bestias salvajes?  Difíciles preguntas y difíciles respuestas, tanto para el escritor como para el dibujante.


En ese sentido, los cuentos de Maupassant le venían 'al pelo'. Eran cuentos literarios (que es lo que a él le gustaba) y además se salían de los cauces establecidos. Atacaban lo terrorifico desde la vida cotiadiana y no desde lo sobrenatural.

Las respuestas estaban lejanas y Dino Battaglia que había presenciado la II Guerra Mundial en primera persona lo sabía perfectamente, pero también sabía que podía aportar un empaque gráfico a estos ocho cuentos de alta calidad y en ello se puso a trabajar a lo largo de dos años para la revista LINUS.

    
El primer ejemplo que hemos buscado es especialmente dramático y tenemos un complementario que esperamos poner más adelante. Dos amigos en el sitio de Paris por los prusianos salen de pesca y se encuentran algo más que con una cesta de peces.  Simbolizando con ello todo lo que los seres humanos hacen y no deberian hacer.
El esfuerzo grafico por llevar al papel este cuento es especialmente digno de ser tenido en cuenta. Pocos dibujantes hubieran sabido y podido llegar tan lejos y en su presentación Battaglia se muestra superlativo. El ambiente y el paisanaje de aquellos años se nos presenta a la vista como si su autor hubiese estado allí.         

                                   

Este es un experimento que hemos realizado utilizando la excelente traducción de Esther Benitez en su versión de Alianza Editorial. El texto nos permite analizar como se realizó la adaptacion, que elementos fueron utilizados y cuales desechados del cuento original.
Teníamos una deuda pendiente con Dino Battaglia y aquí la saldamos. Esperamos como siempre que esta entrada especialmente literaria sea de su agrado y les emplazamos a nuestra próxima cita, donde vamoa a aportar nuevas tonalidades y girar hacia el humor.

                                                                 
Hemos incluido la versión original italiana para la comparación y para la mejor apreciación ponemos en primer lugar la plancha realizada por Battaglia y posteriormente el texto en la que esta basada.
                                                                                         

                                         
DOS AMIGOS
En un París bloqueado, hambriento, agonizante, los gorriones escaseaban en los tejados y las alcantarillas se despoblaban. Se comía cualquier cosa.
Mientras se paseaba tristemente una clara mañana de enero por el bulevar exterior, con las manos en los bolsillos de su pantalón de uniforme y el vientre vacío, el señor Morissot, relojero de profesión y alma casera a ratos, se detuvo en seco ante un colega en quien reconoció a un amigo. Era el señor Sauvage, un conocido de orillas del río.


Todos los domingos, antes de la guerra, Morissot salía con el alba, con una caña de bambú en la mano, una caja de hojalata a la espalda. Tomaba el ferrocarril de Argenteuil, bajaba en Colombes, y después llegaba a pie a la isla Marante. En cuanto llegaba a aquel lugar de sus sueños, se ponía a pescar, y pescaba hasta la noche.
Todos los domingos encontraba allí a un hombrecillo regordete y jovial, el señor Sauvage, un mercero de la calle Notre Dame de Lorette, otro pescador fanático. A menudo pasaban medio día uno junto a otro, con la caña en la mano y los pies colgando sobre la corriente, y se habían hecho amigos.
Ciertos días, ni siquiera hablaban. A veces charlaban; pero se entendían admirablemente sin decir nada, al tener gustos similares y sensaciones idénticas.
En primavera, por la mañana, hacia las diez, cuando el sol rejuvenecido hacía flotar sobre el tranquilo río ese pequeño vaho que corre con el agua, y derramaba sobre las espaldas de los dos empedernidos pescadores el grato calor de la nueva estación, Morissot decía a veces a su vecino:
—¡Ah! ¡qué agradable!
Y el señor Sauvage respondía:
—No conozco nada mejor.
Y eso les bastaba para comprenderse y estimarse.
En otoño, al caer el día, cuando el cielo ensangrentado por el sol poniente lanzaba al agua figuras de nubes escarlatas, empurpuraba el entero río, inflamaba el horizonte, ponía rojos como el fuego a los dos amigos, y doraba los árboles ya enrojecidos, estremecidos por un soplo de invierno, el señor Sauvage miraba sonriente a Morissot y pronunciaba:
—¡Qué espectáculo!
Y Morissot respondía maravillado, sin apartar los ojos de su flotador:
—Esto vale más que el bulevar, ¿eh?
En cuanto se reconocieron, se estrecharon enérgicamente las manos, muy emocionados de encontrarse en circunstancias tan diferentes. El señor Sauvage, lanzando un suspiro, murmuró:
—¡Cuántas cosas han ocurrido!—¡Y qué tiempo! Hoy es el primer día bueno del año. El cielo estaba, en efecto, muy azul y luminoso. Echaron a andar juntos, soñadores y tristes. Morissot prosiguió:
—¿Y la pesca, eh? ¡Qué buenos recuerdos!
El señor Sauvage preguntó:
—¿Cuándo volveremos a pescar?
Entraron en un café y tomaron un ajenjo; después volvieron a pasear por las aceras.
Morissot se detuvo de pronto:
—¿Tomamos otra copita?
El señor Sauvage accedió:
—Como usted quiera.



Y entraron en otra tienda de vinos.
Al salir estaban bastante atontados, perturbados como alguien en ayunas cuyo vientre está repleto de alcohol. Hacía buen tiempo. Una brisa acariciadora les cosquilleaba el rostro.
El señor Sauvage, a quien el aire tibio terminaba de embriagar, se detuvo:
—¿Y si fuéramos?
—¿Adónde?
—Pues a pescar.
—Pero, ¿adónde?
—Pues a nuestra isla. Las avanzadas francesas están cerca de Colombes. Conozco al coronel Dumoulin; nos dejarán pasar fácilmente.
Morissot se estremeció de deseo:
—Está hecho. De acuerdo.
Y se separaron para ir a recoger los aparejos.
Una hora después, caminaban juntos por la carretera. En seguida llegaron a la ciudad que ocupaba el coronel.
Este sonrio a su petición y accidió a su fantasia. Volvieron a ponerse en marcha, provistos de un salvoconducto.
Pronto franquearon las avanzadas, cruzaron un Colombes abandonado, y se encontraron al borde de las viñas que bajan hacia el Sena. Eran aproximadamente las once.
Frente a ellos, el pueblo de Argenteuil parecía muerto. Las alturas de Orgemont y Sannois dominaban toda la región. La gran llanura que se extiende hasta Nanterre estaba vacía, completamente vacía, con sus cerezos desnudos y sus tierras grises.


El señor Sauvage, señalando con el dedo las cumbres, murmuró:
—¡Los prusianos están allá arriba!
Y la inquietud paralizaba a los dos amigos ante aquella tierra desierta.
«¡Los prusianos!» Nunca los habían visto, pero los per¬cibían allí desde hacía meses, en torno a París, arruinando Francia, saqueando, matando, sembrando el hambre, invisibles y todopoderosos. Y una especie de terror supersticioso se sumaba al odio que sentían por aquel pueblo desconocido y victorioso.
Morissot balbució:
—¿Y si nos los encontráramos? ¿Eh?
El señor Sauvage respondió, con esa chunga parisiense que siempre reaparece, a pesar de todo:
—Los invitaríamos a pescadito frito.
Pero dudaban de si aventurarse en la campiña, intimidados por el silencio de todo el horizonte.
Al final, el señor Sauvage se decidió:
—Vamos, ¡en marcha!, pero con cuidado.
Y bajaron a una viña, doblados en dos, arrastrándose, aprovechando los matorrales para cubrirse, con ojos inquietos y oídos alerta.
Para llegar a la orilla del río les faltaba cruzar una franja de tierra desnuda. Echaron a correr; y en cuanto alcanzaron la ribera, se acurrucaron entre unas cañas secas.
Morissot pegó la mejilla al suelo para escuchar si al¬guien caminaba por las cercanías. No oyó nada. Estaban solos, completamente solos.
Se tranquilizaron y se pusieron a pescar.
Frente a ellos, la isla Marante, abandonada, les tapaba la otra ribera. La casita del restaurante estaba cerrada, parecía abandonada hacía años.



El señor Sauvage cogió el primer zarbo, Morissot atrapó el segundo, ya cada instante alzaban sus canas con un animalillo plateado coleando en el extremo del sedal: una verdadera pesca milagrosa.
Introducían delicadamente los peces en una bolsa de red de mallas muy finas, en remojo a sus pies. Y los invadía una alegría deliciosa, esa alegría que os asalta cuando recuperáis un placer amado del que os habéis visto privados mucho tiempo.
El buen sol dejaba correr su calor sobre sus hombros; ya no escuchaban nada; no pensaban en nada; ignoraban al resto del mundo: pescaban.
Pero de pronto un ruido sordo que parecía llegar de debajo de la tierra estremeció el suelo. El cañón volvía a retumbar.
Morissot volvió la cabeza, y por encima de la ribera divisó allá abajo, a la izquierda, la gran silueta del Mont-Valerien, que llevaba en la frente un copete blanco, el va¬por de la pólvora que acababa de escupir.
Al punto un segundo chorro de humo partió de lo alto de la fortaleza; unos instantes después resonó una nueva detonación.
La siguieron otras, ya cada momento la montaña lanzaba su aliento mortal, resoplaba vapores lechosos que se elevaban lentamente, en el cielo tranquilo, formando una nube sobre ella.
El señor Sauvage se encogió de hombros:
—Ya vuelven a empezar —dijo.
Morissot, que miraba ansiosamente cómo se hundía una y otra vez la pluma de su flotador, se vio asaltado de pronto por la cólera del hombre pacífico contra los faná¬ticos que así luchaban, y refunfuñó:
—Hay que ser estúpido para matarse de esa manera. El señor Sauvage replicó:
—Peor que los animales.
Y Morissot, que acababa de coger una breca, declaró: —Y pensar que siempre ocurrirá lo mismo, mientras haya gobiernos!
El señor Sauvage lo detuvo:
—La República no habría declarado la guerra... Morissot lo interrumpió:
Con los reyes, hay guerras fuera; con la República, hay guerra dentro.
Y se pusieron a discutir tranquilamente, desembrollando los grandes problemas políticos con la sana razón de hombres bondadosos y limitados, siempre de acuerdo en un solo punto, que nunca serían libres. Y el Mont-Valerien retumbaba sin tregua, demoliendo a cañonazos casas francesas, segando vidas, aplastando seres, poniendo fin a muchos sueños, a muchas alegrías esperadas, a mucha felicidad deseada, sembrando en corazones de es-posas, en corazones de hijas, en corazones de madres, allá lejos, en otros países, sufrimientos que nunca acabarían.
—Es la vida —declaró el señor Sauvage.
—Diga más bien que es la muerte —replicó riendo Morissot.


Pero se estremecieron asustados, oyendo que alguien caminaba detrás de ellos; y, volviendo la vista, vieron, pegados a sus espaldas, cuatro hombres, cuatro hombres altos armados y barbudos, vestidos como criados con librea y tocados con gorras de plato, apuntándoles con sus fusiles.
Las dos cañas se les escaparon de las manos y empezaron a descender río abajo.
En unos segundos los cogieron, los ataron, se los llevaron, los arrojaron a una barca y los trasladaron a la isla.
Y detrás de la casa que habían creído abandonada vieron una veintena de soldados alemanes.
Una especie de gigante velludo, que fumaba, a horca¬jadas en una silla, una gran pipa de porcelana, les preguntó, en excelente francés:
—¿Qué, señores? ¿Han tenido buena pesca?
Entonces un soldado dejó a los pies del oficial la red llena de peces, que se había preocupado de recoger. El prusiano sonrió:
—¡Ah, ah! Veo que no les ha ido mal. Pero se trata de otra cosa. Escúchenme y no se inquieten.
»Para mí, ustedes son dos espías enviados a vigilarme. Yo los cojo y los fusilo. Ustedes fingían pescar, con el fin de disimular sus intenciones. Han caído en mis manos, mala suerte; es la guerra.


»Pero, como ustedes han salido por las avanzadas, seguramente tienen una contraseña para regresar. Díganme esa contraseña y les perdono la vida.
Los dos amigos, lívidos, el uno junto al otro, con las manos agitadas por un leve temblor nervioso, callaban. El oficial prosiguió:
—Nadie lo sabrá nunca, ustedes volverán tranquilamente a casa. El secreto quedará entre nosotros. Si se niegan es la muerte, y enseguida, Elijan.
Ellos continuaban inmóviles, sin abrir la boca. El prusiano, sin perder la calma, prosiguió, diendo la mano hacia el río:
—Piensen que dentro de cinco minutos estarán us en el fondo de esa agua. ¡Dentro de cinco minutos! tienen ustedes familia?
El Mont-Valerien seguía retumbando.
Los dos pescadores permanecían en pie y silenciosos El alemán dio unas órdenes en su lengua. Después cambió su silla de sitio para no encontrarse demasiado cerca de los prisioneros, y doce hombres fueron a colocarse a veinte pasos, con los fusiles al pie.
El oficial prosiguió:
—Les doy un minuto, y ni un segundo más.
Después se levantó bruscamente, se acercó a los dos franceses, cogió a Morissot del brazo, se lo llevó aparte, le dijo en voz baja:
—¡Rápido, la contraseña! Su compañero no sabrá nada, fingiré compadecerme...

Morissot no respondió nada.
El prusiano se llevó entonces al señor Sauvage y le propuso lo mismo.
El señor Sauvage no respondió.
Volvieron a encontrarse uno junto a otro.
Ye! oficial se puso a dar órdenes. Los soldados alzaron sus armas.
Entonces la mirada de Morissot cayó por casualidad sobre la red llena de zarbos, que había quedado en la hierba, a unos pasos de él.
Un rayo de sol hacía brillar el montón de peces, que se agitaban aún. Y lo invadió el desaliento. A pesar de sus esfuerzos, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Adiós, señor Sauvage.
El señor Sauvage contestó:
—Adiós, señor Morissot.
Se estrecharon las manos, sacudidos de pies a cabeza por invencibles temblores.
El oficial gritó:
—¡Fuego! 

Los doce disparos sonaron como uno solo..
El señor Sauvage cayó de bruces. Morissot, más alto, osciló, giró sobre sí mismo y cayó atravesado sobre su compañero, boca arriba, mientras la sangre escapaba a borbotones por la guerrera agujereada en el pecho.
El alemán dio nuevas órdenes.
Sus hombres se dispersaron, regresando después con cuerdas y piedras que ataron a los pies de los dos muertos; después los llevaron a la orilla.
El Mont-Valerien no cesaba de retumbar, coronado ahora por una montaña de humo.
Dos soldados cogieron a Morissot por la cabeza y por las piernas; otros dos agarraron al señor Sauvage de idéntica manera. Los cuerpos, balanceados un instante con fuerza, fueron lanzados al río, describieron una curva, después se hundieron, de pie, en el río, pues las piedras arrastraban primero las piernas.

                                                                                   
El agua saltó, burbujeó, se agitó, después se calmó, mientras unas pequeñas ondas llegaban hasta la orilla. Flotaba un poco de sangre.
El oficial, siempre sereno, dijo a media voz:
--Ahora los peces se ocuparán de ellos.
Después regresó hacia la casa.
Y de pronto vio la red con los zarbos en la hierba. La recogió, la examinó, sonrió, gritó:
—¡Willhelm!
Acudió un soldado de delantal blanco. Y  lanzándole la pesca de los dos fusilados, le ordeno:
—Fríeme en seguida esos animalitos, mientras están vivos. Serán deliciosos.
Y volvió de nuevo a fumar su pipa.