La voluntad mueve montañas. John nació en una familia muy humilde y es seguro que cuando en su infancia vendía periódicos durante toda la jornada por las calles y solo se preocupaba por los resultados de la liga norteamericana de beisbol, ni sospechara que llegaría a lo más alto en su carrera como ilustrador y dibujante de cómics.
Como ya dijimos en una entrada anterior John había nacido en Chicago en el año 1919, justo el mismo año en que llegó allí un tal Harold Foster montado en bicicleta y en busca de nuevos horizontes profesionales.
El medio en que se desarrolló su infancia y primera juventud no se tenía muy buena opinión en relación a los dibujantes, y menos a los de comics. Lejos de que ello le acomplejara, nuestro autor desarrolló un esfuerzo indomable para encontrar en el mundo gráfico un sitio bajo el sol.
John Cullen Murphy parecía tener una extraña capacidad para verse protegido y arropado por personajes legendarios en el mundo de la ilustración y el cómic. Norman Rockwell, uno de los dos padres de la ilustración norteamericana (junto con Howard Pyle), casi lo ‘adoptaría’ y después vendrían otros.
El que una luminaria como Rockwell le prestara atención produjo un inusitado efecto en el adolescente Murphy, surgiría una profunda admiración por el mundo del dibujo y la ilustración y un deseo incuestionable de llegar a formar parte de él; así que una vez concluida la venta diaria de periódicos nuestro joven aspirante a artista dibujaba, dibujaba y dibujaba en una pequeña y claustrofóbica habitación, hasta que su padre harto de verle con el lápiz en la mano le apagaba la luz y le obligaba a dormir.
La suerte del joven John no parecía tener límites y después de Rotwell, establecería fuertes lazos afectivos con dos de los más grandes autores que ha dado el cómic en USA.
En 1941 tuvo una entrevista con Alex Raymond (eran vecinos en New Rochelle) que le cambiaría la vida. Este le animó a continuar en el esfuerzo y a perseverar en el duro trabajo que requiere la preparación para el dibujo realista.
Pero dejemos que sea el propio Murphy quien nos lo cuente: ‘La conversación que mantuvimos en esa oportunidad forma parte de los recuerdos de mi vida que más atesoro. Las indicaciones y críticas que me hizo Raymond, su indiscutible jerarquía profesional, lo mismo que su gentileza hacia el principiante que llegaba para quitarle su valioso tiempo, me convirtieron desde entonces en su primer admirador’. John vio surgir en él tras su conversación con el ídolo de millones de jóvenes de EEUU, la fuerza y la fe que necesitaba para afrontar el reto: ‘Gracias a su apoyo y aliento, sentí que se acrecentaba mi coraje, y no demoré gran cosa en animarme a solicitar un puesto en la famosa revista Collier’s (...)’.
En cuanto a Raymond declararía sobre él en una entrevista con tono paternal: ‘Es un magnifico dibujante y un excelente muchacho…’.
Poco a poco se fue abriendo camino. Se le encargó la realización de viñetas y pequeñas ilustraciones; al cabo de un tiempo renunció pues ambicionaba probar suerte en el gran campo de la ilustración publicitaria.
Extrañamente, seria la II Guerra Mundial la que relanzó el desarrollo de su carrera. Se apuntó al ejército en 1943 y le tocó estar en las célebres batallas de Okinawa e Iwo-Jima.
Durante esa época alcanzaron cierta fama la infinidad de ilustraciones de tipo bélico que realizó para el periódico ‘Chicago Tribune’ e incluso llegó a especializarse en retratos de la jerarquía militar norteamericana que dirigía la guerra del Pacifico (es famoso su retrato del General McArthur).
A principios de 1945 tuvo la fortuna de reencontrarse con Alex Raymond en el ejército, quien había alcanzado ya el grado de capitán, y éste le acogió bajo su ala y le designó como su asistente para las actividades de propaganda que le encomendaba la Marina. Ambos se trasladaron a Borneo, y allí tomaron crudos apuntes de los campos de batalla, que cuando fueron publicados en el magazín ‘Newsweek’ conmovieron notablemente al público norteamericano.
Tras el final de la guerra, Alex y John retornaron a la vida civil y reemprendieron sus carreras artísticas. John Cullen Murphy se fue a Nueva York donde, cimentado su prestigio por las ilustraciones bélicas, no tuvo dificultades en colocar su trabajo en las mejores revistas (‘Collier’s’, ‘Holliday’ o ‘Esquire’), destacando especialmente en sus ilustraciones de carácter deportivo.
Su trabajo no había pasado desapercibido para la ‘King Features Syndicate’, que le propuso un contrató muy bien pagado para que crease una historieta deportiva, habida cuenta de que era una de las pocas temáticas que tenía la empresa desguarnecida y de la amplia experiencia como ilustrador que tenía Murphy en ese género de historias.
Nuestro artista para su proyecto eligió como protagonista a un joven boxeador, Ben Bolt, un pecoso, ingenuo y simpático emigrante a EEUU de padres norteamericanos, que había escapado de un país del Este de Europa en busca de la ‘libertad’, una vez finalizada la guerra. El guión correría a cargo del hermano de Al Capp, Elliott Caplin, al que Cullen Murphy había conocido en el periodo bélico y al que no dudo en recomendar al Syndicate para hacerse cargo de la parte literaria de la historia.
‘Big Ben Bolt’ se publicó entre 1950 y 1978 (con dominical y tira diaria), aunque el trabajo de Cullen Murphy terminaría en 1970, cuando dejó la serie para convertirse en el ayudante y heredero artístico de Hal Foster. En lo económico y profesional, John alcanzaría su máximo en los años cincuenta, llegando a cobrar más de 100.000 dólares al año por su trabajo (notable cantidad para la época).
Murphy se apercibió muy inteligentemente que la vida de un boxeador tiene un comienzo y un final y después de 13 años de serie, retiro a su admirable campeón de los espacios deportivos y le fue introduciendo en una interesante representación de temas y personajes humanos, más cerca del ‘story telling’ que de cualquier tipo de hazaña deportiva.
Cuando John Cullen Murphy deja la serie, había llegado con cincuenta años a lo más alto de su carrera. Después vendría su relación con Hal Foster y su trabajo en el ‘Príncipe Valiente’, pero de eso ya hablaremos más adelante. En cuanto al bueno de Ben Bolt, después de que su creador le abandonara ‘al pairo’, pasaría de mano en mano hasta ser finalmente enterrado por Neal Addans, de una forma absolutamente estrambótica, indigna del personaje.
John Cullen Murphy fue respetado en la profesión hasta su muerte en el 2004, llegando a presidir durante bastante tiempo la ‘Asociación Norteamericana de Dibujantes y Caricaturistas’. En lo personal tuvo un matrimonio feliz y ocho hijos, ninguno de los cuales heredó sus aficiones artísticas.




























































