Yo creo que el arte debe servir para algo. No creo en el arte como un mero entretenimiento o diversión al servicio de unos pocos...
Antonio Hernandez Palacios
1.-LA FORJA DE UN AUTOR.
Recuerdo que paseando por la Exposición (casi desierta) de los Cuarteles del Conde Duque dedicada a la obra de Hernández Palacios (2002), rememoré una frase oída de sus propios labios en una mañana de primavera de muchos años atrás: ‘Lo importante es ser útil’. Indudablemente Antonio Hernandez Palacios intento ser útil en el arte y en la vida, pero de alguna manera la utilidad de las personas viene determinada por circunstancias que en muchas ocasiones exceden a su propia voluntad.
Esta introducción viene a cuento de la utilidad que hubiera podido tener para el cómic español una obra como ‘El Cid’, si hubiera sido desarrollada según el proyecto inicial. Vamos a hablar un poco de todo ello.
Antonio Hernandez Palacios tuvo una vida complicada y llegó al mundo del cómic cuando otros comienzan a abandonarlo. Sufrió la Guerra Civil en primera persona y en primera línea (sirvió de enlace con solo 16 años entre el Mando Central y el 5º Regimiento). Ante él, desfilarían figuras que hoy nos parecen legendarias (Alberti, Lister, Pasionaria… y un largo etc). Esa cercanía le dejó recuerdos imborrables. Por ejemplo, cuando Antonio hablaba de Miguel Hernández siempre se refería a él como si de un familiar se tratara ‘…el pobre Miguel’.
Después de la guerra, le toco a él (y al resto de españoles que no estaban muertos o exiliados), levantar un país desde la nada humeante de un paisaje lunar. Hizo de todo (carteles de cine, murales, retratos, estampas típicas e incluso algunas páginas de cómic para ‘Chicos’) hasta estabilizar su carrera profesional en el mundo de la publicidad. Después… después pasarían muchas más cosas, pero no son objeto de este artículo, así que demos un salto en el tiempo de treinta años hasta finales de los años 60.
Antonio está ya un poco de vuelta de todo y bastante cansado del trabajo publicitario, que se ha convertido en una especie de madre y madrastra al tiempo. Ha realizado con denuedo durante muchos años todo tipo de labores profesionales y en esos momentos está inmerso en un proyecto complicado para ‘Gaceta Ilustrada’ (la mejor revista semanal de información general de la época, que hoy no tendría paralelo) sobre la ‘España del Futuro’. En su estudio tiene dos jóvenes colaboradores que le hablan del nuevo cómic europeo y a él, el cómic siempre le ha gustado. Solo a modo de juego y también para sus jóvenes ayudantes, elabora tres series, de las que empieza a hacer de vez en cuando alguna que otra plancha e ilustración.
2.-‘EL CID’ EN ‘TRINCA’.
El destino, que en ocasiones había sido arisco con él, barajaba de nuevo y echa sobre la mesa una extraña mano de cartas. En la prensa aparece un anuncio anónimo pidiendo dibujantes para un nuevo proyecto (más tarde se sabría que era de Ediciones Doncel). ‘Sus chicos’ se lo dicen a Antonio, pero este no lo ve claro. Decide mandarles a ellos con algunas muestras como avanzadilla, simplemente para ver de qué se trata. Isidoro Carvajal (primer director de Trinca) se entrevista con él y cierra un acuerdo con dos series periódicas (‘Manos Kelly’ y ‘El Cid’) y una tercera aperiódica (‘La paga del soldado’) por episodios, según Antonio estuviera de tiempo en sus otras ocupaciones. Carvajal descarta una serie de tipo futurista que se quedaría en sus primeras planchas llamada ‘Nuri-Eva’, por no encajar ni en la línea, ni en el contenido que se quiere dar a la revista.
‘Trinca’ fue la mejor revista de cómics que ha habido en España y un intento del régimen franquista (a través de Ediciones Doncel) de hacer un cómic con dignidad, bien pagado y en la longitud de onda de lo que entonces se llamaba ‘nivel europeo’. El experimento saldría tan bien, que moriría materialmente de éxito. Como hemos hablado de ello en el artículo de ‘Alma de Dragón’ no insistiremos sobre el tema.
La revista nacería en octubre de 1971, tendría una periodicidad bisemanal y duraría 64 números. Antonio empezó con ‘Manos Kelly’ a partir del Nº.-1 (que era la serie que tenía más avanzada) a razón de cuatro planchas por número. De vez en cuando iría intercalando episodios de ’La paga del soldado’. En el Nº.-12 aparecerían las primeras planchas de ‘El Cid’ y desde el principio era fácil presagiar que estábamos ante una obra fuera de serie. En una entrevista por aquellos años con Alfonso Lindo, Antonio manifestaría que su proyecto giraba en torno de 20 álbumes.
Antonio Hernández Palacios utilizará dos tipos distintos de firma para sus trabajos en ‘Trinca’. Firmará como Hernández para ‘El Cid’ y la de Palacios (que sería la que se acabaría imponiendo) para el resto de trabajos. Antonio decidió utilizar el ‘Palacios’ como homenaje hacia un tío materno que no tuvo hijos.
El relato que nos presenta ‘Hernández’ en un primer episodio, no tiene tanto que ver con ‘El Cid’ (que en ese momento no es más que un humilde ‘palmero’ de su señor), sino con la terrorífica lucha que se desencadena por el poder en el reino de Castilla y León, previa a la sucesión de Fernando I el Magno (autocalificado de ‘Imperator’).
Antonio se ha documentado hasta la nausea en lo que se puede llegar a saber sobre la vida, el vestido, las costumbres y el armamento del s. XI. Como él decía: ‘… porque hay cosas que aunque no se vean…, se deben ver.’ y en ello incluye desde el tiempo que hace, el tipo de arbolado, hasta que a alguien se le caiga un zapato (¿qué tipo de zapato?) o los instrumentos musicales que llevan las tropas.
Poco a poco emerge en este puzzle medieval el autentico héroe de la historia, que no es otro sino el malogrado hijo primogénito de Fernando I, Sancho II de Castilla. Su personalidad en la serie resulta avasalladora y a su lado, el bueno de Rodrigo tiene poco que hacer como personaje.
Más allá de algunos pequeños problemas con la censura de la época (que hoy nos resultan anecdóticos), Hernández Palacios se convierte en uno de los elementos principales de la revista y muchos niños y jóvenes españoles (70.000) esperan pacientemente cada dos semanas, para seguir adquiriendo en los kioscos unas historias que les apasionan.
En ‘Trinca’, hasta su cierre, llegarían a publicarse dos episodios de ‘El Cid’ de 44 páginas, alternados con los tres de ‘Manos Kelly’. El éxito fue lo suficientemente grande, como para que las series de Palacios y algunas otras pasaran a ser republicadas en formato álbum con portadas espectaculares. Cuando se anunciaba el tercer capítulo del inmortal héroe castellano, la revista llegó a su fin por motivos complejos que no expondremos, relativos a los derechos de explotación en Europa.
Antonio en ese momento estaba en lo más alto de su nivel profesional. No solo producía un trabajo magnífico, sino que además lo hacía a una velocidad de vértigo (seguramente adquirida a lo largo de duras noches de insomnio en su trabajo publicitario). Era capaz de realizar tres álbumes anuales y atender a otros requerimientos o encargos. Aquellos diez años clave en su capacidad creativa y buen hacer no serian desaprovechados, pero tampoco completamente usufructuados por los motivos comerciales que acechan permanentemente en el mundo del cómic (y en otros mundos).
3.-‘EL CID’ DESPUES DE ‘TRINCA’.
Con la desaparición de ‘Trinca’, los proyectos de continuar en el cómic de Antonio aparentemente quedaban colgados de la brocha, pero por poco tiempo. En Europa no había pasado desapercibido en intento de ‘Trinca’. ‘Phenix’, la mejor revista sobre el cómic de aquella época en Francia había dedicado un artículo elogiosísimo de Henri Filippini hacia la revista en general y hacia Antonio en particular. Y Filippini era la mano derecha de Claude Moliterni, director y creador de ‘Phenix’.
El primer encargo que recibe de Francia es para ‘Pif’. Se trata de una obra de fantasía sobre la Edad Media. Este es el único trabajo en el que Antonio parece haber reconvertido un poco su estilo gráfico para adaptarse al cliente. El experimento dura poco (‘Pif’ tenía la mala costumbre de desaprovechar excelentes ideas y proyectos, como por ejemplo Corto Maltés) y servirá más tarde como base para su personaje de la revista ‘Rumbo Sur’, ‘Drako de Gades’ del que realizará dos álbumes. Igualmente recibe el encargo de 16 planchas para la editorial Humanoides Asociados sobre la juventud de ‘Manos Kelly’ que tampoco cuajarían.
Pero, en paralelo, hay otro proyecto que si que se consolidará. Cuando Moliterni asume los mandos de Dargaud (después de la marcha de Gosciny), empieza su reinado haciendo limpieza de fondos y contratando nuevos actores. Tiene un montón de nuevos proyectos, entre ellos una revista (Lucky Luke) en la que desea incorporar al autor español con una serie del Oeste. Le manda una carta personal y se crean las bases de lo que sería ‘Mac Coy’, uno de los mayores éxitos editoriales en la carrera de Antonio (que no artístico).
Para entender lo que pasó con ‘Mac Coy’ hay que hacer una pequeña anotación sobre como funciona la industria del cómic en Francia. A los editores franceses (y de cualquier otro sitio) les gusta tener el máximo control (y si fuera posible todo) sobre el producto que generan. Indudablemente Moliterni se daba cuenta de que si continuaba con las series de ‘Trinca’ (que consideraba excelentes), la manija quedaba en manos del autor español y decide emprender una nueva serie y que el guión lo realice un hombre de su confianza, Gourmelen. Esta decisión encadenaría a Antonio a lo largo de muchos años a unos guiones que le parecían absolutamente pueriles.
Sin la menor duda, la serie de ‘Mac Coy’ se vendía por los dibujos de Palacios y por el marketing de Dargaud. El papel que ejercía Gourmelin no era más que el de protector de los intereses de la editorial. Antonio no quiso renunciar a seguir trabajando con el personaje por lo rentable que era, llegándose a editar hasta 21 álbumes (que son muchos álbumes), de los que solo los cuatro primeros están hechos con autentico interés e ilusión.
Mientras, van pasando los años y las planchas del tercer tomo de ‘El Cid’ (‘La toma de Coimbra’) dormitan en una carpeta en su domicilio de Nuñez de Balboa, hasta que en 1978, Ernesto Santolaya (al que el cómic español debe mucho), editor de Ikusager (una editorial vasca radicada en Vitoria) va a hablar con Antonio y le propone un nuevo proyecto que terminaría cristalizando en ‘Eloy, uno entre muchos’ (1979) y su continuación en los tres tomos siguientes relativos a la Guerra Civil. En 1982 Ikusager reedita los dos primeros tomos de ‘El Cid’ ya publicados en ‘Trinca’ e intenta relanzar la serie. Ese mismo año, tendríamos ocasión de ver por fin ‘La toma de Coimbra’ (1982). La editorial llegaría a publicar incluso un cuarto tomo, ‘La cruzada de Barbastro’ (1984). Pero el salto de años y de estilos en el desarrollo gráfico de la obra de Antonio entre el tercer y cuarto álbum es evidente. La resurrección ha tenido lugar demasiado tarde.
Que ‘El Cid’ no tuviera continuidad, evidentemente no quiere decir que Antonio se quedara quieto. En su haber se cuentan obras espléndidas, pero indudablemente el proyecto de ‘El Cid’ era especial. Hubiera sido una obra paradigmática en el cómic español y posiblemente mundial y estamos seguros de que, en la actualidad se seguiría reeditando una y mil veces, como ocurre con todas las obras de auténtica valía (desde ‘Littel Nemo’ al ‘Garaje Hermético’). Además el personaje es un arquetipo universal y eso hubiera favorecido enormemente su difusión y venta internacional. Evidentemente, no fue así.
4.-LA OBRA Y LA DOCUMENTACIÓN.
En su Cid, Hernández Palacios nos hace ‘prestidigitación’ y nos ofrece la vida de Sancho de Castilla. ¡No importa! No podemos saber como hubiera sido la continuación de la obra después de la muerte del infante de Castilla, pero lo que pudimos ver hasta entonces, tiene la solidez de lo convincente.
Los que hemos tenido la suerte de observar la obra de Antonio a un tamaño respetable, podemos asegurar que encierra mucho más de lo que parece. Antonio era tremendamente cuidadoso y obsesivo en la documentación. Intentaba hasta donde es humanamente posible, llegar a profundizar en el conocimiento de cualquier tema. En lo que respecta al Cid, profundizó desde el propio ‘Cantar’ a la obra de Menendez Pidal, pasando por la superproducción cinematográfica de Bronson. Todo le servía para documentarse. A partir de ahí, daba un triple salto mortal y hacia una cosa que muy pocos autores son capaces de hacer (Toppi, Foster, Giraud…) generaba ‘ex nihilo’ (desde la nada) una ambientación de época perfectamente coherente.
No queremos extendernos en demasía sobre la dificultad de la obtención de una documentación convincente sobre épocas pasadas, pero para resumir, diremos que de alguna manera Hernández Palacios tuvo que sacar información de la nada. Para cerrar la cuestión recordaremos una frase del propio autor acerca de su tercer álbum: ‘Menendez Pidal le dedicó siete líneas a la toma de Coímbra, yo le he dedicado un álbum de 44 páginas’.
5.-HERNÁNDEZ PALACIOS EN NEGRO Y COLOR.
No se le habrá escapado al atento observador de este blog, que aportamos las páginas de color en los casos que hemos podido con su versión en blanco y negro. No solo lo hacemos por la belleza plástica que ello supone, sino también porque en el caso de la obra de Hernández Palacios, es un elemento de análisis fundamental.
Antonio era un excelente dibujante, pero también era consciente de que su dibujo a tinta era un poco denso y farragoso. Por ello, lo que hacía en su primera fase de trabajo era prepararse el terreno para la llegada del color. Mientras generaba los dibujos, en su mente iba elucubrando la resolución final, mentalmente establecía tonalidades y policromías en base a planos. Los resultados solo pueden ser calificados de espectaculares y muy pocos autores en el mundo tienen una obra tan compleja y peculiar.
Hemos preparado un pequeño juego que consiste en tres visiones de un dibujo de una página de ‘La toma de Coimbra’.
La primera, con el dibujo a tinta.
La segunda, el mismo dibujo añadiéndoles las tonalidades (en rojo) de lo que sería el proceso a color.
La tercera, el dibujo terminado a color.
Se puede observar que la complejidad del proceso tiene poco que ver con los colores lisos que normalmente se efectúan en el medio y se aproxima más a lo que podríamos calificar de concepto pictórico. La página a tinta no es más que un apunte previo sobre el que se va a realizar lo realmente interesante.
Una obra como ‘El Cid’ en 20 tomos hubiera sido un monumento digno de verse, sobre todo, si hubiera sido realizada en los momentos más dulces creativamente hablando de su autor.
6.-RESUMEN
En última instancia, cabe decir que muy pocos autores han sabido generarse ellos mismos un mercado propio en España. Antonio Hernández Palacios a través de su obra en “Trinca”, y gracias a editores como Tabernero (‘Rumbo Sur’ y ‘Biblioteca en Cómic del Descubrimiento’ etc…) y Santolaya (El Cid, Roncesvalles y los álbumes de la Guerra Civil, etc…) lo consiguió. Le faltó quizás, una continuidad en su labor y sobre todo un público lo suficientemente numeroso como para permitirle dedicarse a sus temas más queridos, sin necesidad de recurrir a trabajos legionarios, que por otra parte siempre fueron hechos con un cuidado y profesionalidad exquisitas.
Nosotros pensamos que el cómic español le debe un gran homenaje a Antonio Hernndez Palacios, además una exposición sobre su obra que mereciera realmente la pena. Se lo debe en la actualidad, ya que no se lo dio en vida. Y las deudas, son las deudas.
‘El Cid’ tiene dos ediciones en España, pero por distintos motivos ninguna de las dos, aunque apreciables, son totalmente convincentes en relación al color. La primera, por estar saturada en exceso y la segunda por lo contrario. Por otra parte están completamente agotadas en el mercado. Dadas las circunstancias, en relación a ‘El Cid’ abogamos por una edición integral de nuevo cuño. Y cuando decimos integral, incluimos el álbum inédito ‘El retorno de Bellido Dolfos’.
Enric Sió decía que Antonio Hernandez Palacios nos cuenta el s. XI como si hubiera estado allí y no andaba muy desencaminado. Los grandes autores son capaces de crear mundos auténticos, poco importa que la Edad Media fuera o no fuera así. Antonio nos lo hace creer con la verdad de su Arte.
